11.12.14

LLORAR

Estoy cansada, tremendamente agotada, como nunca antes en mi vida, de llorar. Sí, de llorar. Día y noche, en cada momento que me detengo unos minutos en el medio del trajín de la vida misma, solo lloro.  Amanezco y lloro. Me ducho y lloro. Mientras me lavo los dientes, lloro. Cuando tomo mate, lloro. Las pocas veces que almuerzo, lloro. Me encierro en el baño de mi trabajo a llorar y hasta lloro en público como si nada y cuando me voy a dormir y estoy sola en mi cama, lloro. Y no quiero llorar más.
No tengo ni hambre, ni ganas de escuchar música, no tengo ganas de hablar, ni de discutir, ni de que nada me importe más. Nunca más. Lo más triste es que esto me afecta solo a mí y vos, ahí seguís, viviendo tu vida como si nada pasara y solo porque yo no lo digo.
Todo duele. Todo. Estoy más lastimada que nunca, que siempre. Estoy herida para siempre. Es absolutamente irreparable, pese a la totalidad: la causalidad, el secreto, la confesión, todas esas imágenes, las madrugadas, las inagotables palabras, los deseos, la magia y esa cantidad enorme de increíbles sensaciones, no hay retorno, no hay vuelta atrás de tantísimo dolor. 
Ya es tarde para todo y también para nada. Para lo que fue y lo que no fue, para lo que podría haber sido y también para lo que no. 
Hace un tiempo escribí (sentí) algo así:  “Quiero vestirme, notar que la textura de mi ropa toca mi cuerpo, me protege, me cuida, me tapa, me vuelve a tapar, a encerrar dentro de mí. No me explico como permití salirme, como me descuidé, lo dejé pasar (…) Solo pienso en eso. Quiero ponerme toda mi ropa ya, desesperadamente, urgente, rápido. Quiero vestirme y salir, irme ya, ya, ya. No puedo esperar más, me ahogo, me ahoga. Voy a volver a entrar. No sé si voy a poder volver a salir. No sé si voy a poder esperar, no sé si quiero esperar.  Lo siento llegar. Todo el tiempo veo el plan frente a mí, lo rozo, me llega su aroma pero no logro adentrarme, no dejo que me atraviese. Sé que quiero, no sé si puedo”.  Y tal vez, debería de haberme quedado adentro pero una vez más salí y puse mi corazón en manos de otro, ya lo había puesto hace mucho tiempo, desde siempre estuvo ahí, en esas manos y otra vez está lleno de hondas heridas, tantas que casi es un hueco enorme.   
No puedo más que llorar, es lo único que me sale hacer cada segundo de estos días. Es una impotencia gigante, la más grande que sentí  jamás. Sé que va a llegar el instante en que dejen de brotar lágrimas de mis ojos, pero mi alma va a sangrar infinitamente, hasta el fin.
Sin embargo, vamos a estar unidos para siempre. Y voy a tener que vivir con eso hasta el último día de mi vida y jamás será un peso ni una carga, siempre será felicidad pura. Siempre será amor. El único, para siempre.

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