12.3.12

SABOR OCULTO


Atrás de esos ojos había un nuevo juego esperando ser jugado, latiéndome en el centro del pecho con cada mirada en exceso. Era eso, excesiva atención puesta solo sobre mí, de una manera inusual, atractiva, feroz.
Escondías algo y me dejabas entreverlo solo cuando vos querías, controlabas absolutamente la situación y eso, lejos de generarme una ira loca, solo me excitaba a borbotones, me provocaba raros pensamientos contradictorios y al mismo tiempo, ganas, ganas a mares de sentirte el sabor oculto.
Todo era una señal, un código, un acertijo. Las palabras envueltas en frases cripticas activaban mi mente de forma instantánea y me invitabas con cada movimiento a seguirte en tus pasos, a ser cuidadosamente sigilosa en mi andar pero pisarte la sombra que destilaba tu despliegue.
Esa especie de contacto amigable era espontaneo, sí; pero además era sutilmente dirigido por cada uno de nosotros. Las intenciones individuales detrás de la complicidad colectiva hacían de cada conversación una danza armónica pero a la vez tensa. Bailábamos a la par sin pisarnos los pies y sentíamos el olor de la cercanía sin estar frente a frente.
El primer tiempo casi no se notó. ¿Perdón? ¿Había “algo” que pudiera notarse? Bueno, justamente, parte del juego era desentender ese “algo”, simular permanentemente que nada de todo eso que pasaba cuando compartíamos tiempo y espacio, ocurría en realidad. Y después, por lo bajo, cada uno con su estilo recogía el guante de la acción no declarada en público.
Cada día era un viaje sinuoso entre el calor al borde del ahogo y la desesperación por rozarnos la piel; y el frío más helado de la autocensura que nos imponíamos. Era desconcertante por momentos, pero en ese desconcierto estaba la gracia. Ahí, justo en esa dualidad que de a ratos era letal, radicaba el genuino impulso que nos empujaba hacia una intimidad mental (en principio mental) que se traspasaba a cada parte del cuerpo cuando nuestros ojos se cruzaban.
Iba a ser un camino largo, un andar histérico fluctuando entre dos polos opuestos, enfrentándonos con nuestras propias objeciones, desandando lo hecho y volviendo a construir frágiles castillos de naipes que de un soplo íbamos a ver caer. Iba a tener que lidiar con dos personas encerradas en un cuerpo, iba a tener que arrastrar esos fantasmas con lo que cargabas, ver rondar las mochilas de tu no pasado y también entregarme al desafío de jugar toda la partida, hasta el final, hasta conseguirlo.    

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