15.10.11

INEXORABLES

Hace ya demasiado tiempo que debería haberme sentado a escribir justo esto; y ahora es posible que no llegue a ser lo impactante que fue en mi mente en aquel momento en que lo percibí.
¿Qué más da? Ahora lo escribo y ya veremos.  Para hacerlo, me es necesario releer un viejo post: El sueño. Lo hago.
Y ahora sí. Lo había soñado todo y el sueño simplemente se hizo realidad de forma casi inmediata. Algo así como un sueño premonitorio. No era que nunca antes me haya pasado algo similar, solo que cada vez que sucedía, me sorprendía cantidad.
Increíblemente ahí estaba otra vez Él. Sí, sí, sí….Él con mayúsculas y acento. Mi mejor amante, el de la última alucinación nocturna y también el de otras tantas no alucinaciones pasadas, estaba ahí, una vez más enredado entre mis sabanas, reclamando lo suyo: un poco de alocado e intenso sexo y ya. No se lo iba a negar, claro está.
Tan intacto como siempre, desde la piel hasta la mente. Fugaz y duradero, dolorosamente dulce, tan húmedo y caliente que no podía creer que hacía meses enteros y largos que no me entregaba a tanto placer, todo juntito.
Lo extrañé, el sueño me lo dijo; pero lo que no me dijo fue que él también me extrañó, me extrañó horrores, cantidades industriales, mucho.
Y acá viene la mejor parte: aquella abducción a la que él había sido sometido no había cambiado nada. Todo estaba perfectamente en su lugar, en el mismo en el que había quedado la última madrugada. Nadie (y nadie incluye a la responsable de la abducción) había podido correr ni un poco de su lugar a esto que había entre nosotros dos.
Algo completamente distinto, algo mágicamente único, algo. Paraaaa, ¿había algo? Sí, algo que al mismo tiempo es nada; pero cuando no es nada y es algo te aseguro que es el mejor algo que me pasó en la vida.
Soñándolo cuando era ausencia o teniéndolo entre mis brazos, éramos absolutamente inexorables. Siempre íbamos a arder juntos, pegados. No había forma humana de rasgar siquiera el imponente lazo que iba entre él y yo. Ni siquiera con la imaginación podríamos apartarnos, ni tampoco pensarnos algo mejor.
Una vez más, estábamos ahí, solos, juntos, en la oscuridad, entre sabanas; mordiéndonos el alma, desgarrándonos la piel e incendiándonos el cerebro.
Que manera de arder, mis queridos! Inigualable, hoy, y si el Universo así lo sigue queriendo, para siempre.
Otra vez, los dados en el aire y a ver que sale… 

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