21.5.11

NUEVOS OTROS

Cuando finalmente uno toma distancia de esa clase de relaciones tan intensas que agobian, puede leer mejor los mensajes y comprender más acabadamente las señales.
Ésta no había sido una distancia obligada, ni requerida, ni forzada; sino como todo en nuestro camino había ocurrido sin más, de repente, sin pedir permiso, fluyó, se dio, apareció ahí entre nosotros. A lo lejos no estábamos mejor, pero tampoco peor. Se sintió la ausencia, pero con el transcurrir se diluyó la sensación de vacío y se instaló una nueva: admiración. Sí, eso pasaba, nos admirábamos, aún sin contacto físico; estábamos lejos pero nos sabíamos juntos, dispuestos, alertas, siempre preparados para la acción.
Los encuentros ardientes se alejaron en el tiempo y el espacio, pero curiosamente nuestras almas jamás dejaron de estar unidas. Hubo entrecruces difíciles, fuertes intercambios de opiniones, diferencias abismales y hasta gritos sórdidos; sin embargo, siempre estuvimos el uno para el otro.
Llegado a este punto, habíamos arribado a un escalón que verdaderamente desconocíamos, no tenía definición, rótulo ni etiqueta. Muchas preguntas se agolpaban en nuestras mentes y calladamente y cada uno por su lado tratábamos de resolver el enigma, el profundo misterio que nos había marcado el camino desde la primera vez.
Un día, uno no muy particular, apareció una nueva respuesta, que no era una sino un conjunto de consecuencias reales en nuestra vida: una forma de mirar distinta, un nuevo estilo para transitarla…simplemente habíamos crecido. Crecer significaba haber aprendido a superarnos y no en la presencia, sino más bien en la ausencia.
De pronto, había dos situaciones reveladas: primero, nuestro destino se imponía y era contundente, imperativo; y segundo, comprendimos al fin que no era amor, ni enamoramiento ni nada que se le parezca lo que entre nosotros fluía. Simplemente no lo era, y tampoco lo sería, ni ahora ni nunca. Era algo más, algo que lo trascendía, algo que estaría siempre por delante de todo, algo más primitivo, pero aún más complejo que el amor.
Seguimos distanciados un tiempo largo, lo bastante largo como para que creer que nos habíamos olvidado ya el uno del otro. La lejanía física y el no encuentro se perpetuaron y sin más seguimos conectados, insólitamente conectados.
No estábamos juntos, pero jamás dejamos de vernos.
Varias preguntas se nos habían aclarado y otras tantas seguían en pie. El misterio mayor siempre sería un enigma, pero había algo que nos iba a quedar para siempre: habernos convertido en otros.

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