11.12.10

INTIMOS SENTIMIENTOS

Cuando aparece en la vida, una historia que nace de una fortuita causalidad y empieza a cobrar un peso insospechado; ciertas fichas cambian de lugar para siempre y uno reconoce en su interior zonas nunca antes exploradas, inhóspitas, sin uso. Se asoman sensaciones encontradas y eso hace que la aventura empiece a rodar.
Así estábamos, encontrados en un tiempo y un espacio que convertiría los días en un andar común.
Nos habíamos encontrado sin buscarnos, nos habíamos tocado sin rozarnos, nos vimos entre la gente y nos acoplamos a la perfección. Nos compartimos enteros, siendo dos, de a ratos uno, y casi siempre varios.
El misterio y la intriga nunca nos abandonó, pero con el pasar del tiempo algunas sensaciones se diluyeron, se desinflaron, se degastaron pero jamás desaparecieron. Se gestó una clase de relación única pero no exclusiva; especial pero no extravagante, distinta pero no rara. Fluimos con aplomada naturalidad con el correr del tiempo, sin forzarnos, sin exigirnos, sin presiones…libres, despojados, sueltos.
Cuando los sentimientos salieron a la luz y la confesión se hizo realidad abrigada por el primer secreto, se abrió ante nosotros un nuevo espacio, inclasificable, imposible de etiquetar, de poner en palabras, de contar, de describir….Un nuevo lugar en el que solo los dos éramos capaces de existir, de ser.
Mantenernos ocultos ante el resto nos daba un vuelo nunca imaginado. La fuerza de la complicidad provocaba los cuerpos y avivaba la mente. Atrapados queriéndolo estar, nos excedimos del todo, nos fuimos muy lejos…solos pero juntos.
El instinto que ya traíamos de antes se agudizo extremadamente y nos condujo sin remedio por agitados instantes, llenos de calor, humedad, sudor, ansías… nos atravesamos alimentados por una pasión extraordinaria, por un deseo ilimitado.
No habría límites pero tampoco ataduras; no habría reglas, el juego no tendría fin…era excitante, inabarcable, incontenible; atestado de atractivas variables que condimentaban sabrosamente el experimentarnos en lo privado.
Las madrugadas, una vez más, se apilaron apresuradamente y las palabras, amontonadas desprolijamente, forjaron un lazo que aun en la distancia, sería indestructible, ahora y para siempre.
El sentirnos, y no solo con la piel, nos transformaba en algo mas que dos cuerpos enredados entre sabanas, nos hacia evolucionar, crecer.
Nos aprendimos de memoria, al punto de intuirnos. Nos quisimos con el corazón, con la mente y con el alma; y aun así no mezclamos el agua con el aceite. Nos mantuvimos firmes, seguros de que lo que acontecía entre los dos, sería incomprensible para el mundo pero suficiente para nosotros.
Nunca nos íbamos a involucrar sin salida pero siempre estaríamos conectados. La evidente atracción sexual hacía imposible eludir el ardor del contacto, los declarados sentimientos no excluían lo sexual pero incluían al corazón; sin embargo no había amor, al menos no esa clase de amor que habitualmente conlleva compromiso.
Es paradójico, lo sé. Estábamos atados por el deseo, por la incontrolable avidez de gustarnos locamente; y al mismo tiempo, éramos libres, absolutamente libres.
¿En que lugar uno se elige, se quiere pero no se exige? Sí, en la amistad; el vinculo mas real y menos contaminado, el más sólido, el menos franqueable, el mas perdurable, el menos fugaz…
Lo descubrimos, se nos reveló: éramos sencillamente amigos; amigos íntimos dándonos batalla en lo oculto, sin permitirnos caer, entregándonos a lo primitivo del ser, explorando nuestras esencias, saboreando nuestros matices, acariciándonos el alma con delicadeza, con dedicación, con ganas.
Nunca dejaríamos de ser amantes en lo oculto de la noche, pero tampoco podríamos evitar ser causalmente "amigos", secretos cómplices en la oscuridad, velados para los otros, intensos a solas, peligrosamente cercanos y sutilmente distantes. Así debía ser, esto era lo que el Universo había reservado para nosotros y estaba bien.
Si algún día, la pasión se agotara y la descontrolada búsqueda del placer terminara; siempre tendríamos un refugio en el que resguardarnos: nuestra amistad…íntima, intensa, ilimitada, tan contundente que asustaba, pero profundamente verdadera.

5.12.10

COMPLICES OCULTOS

Cuando el Universo se te presenta de forma tan clara y contundente, puede asustarte, intimidarte, acorralarte…podes sentirte confundido, mareado, indeciso...podes querer detenerlo con la mente, frenar el acontecer, apaciguar el transcurrir, calmar la sensación, sosegar el sentimiento y aun así, haciendo los más grandes esfuerzos por controlarlo, el destino se torna inmanejable y no queda opción: entregarse.
Así estábamos tras la confesión, entregados por completo al sobrevenir de los momentos, entregados hasta el fin.
Traspasar ese delgado límite de poner en palabras lo que el corazón sentía desde la primera vez, nos alentaba a correr aún más los extremos, a atravesarlos todos, a violarlos por completo; incluso a inventar nuevos.
Íbamos a dejar que la sangre nos hirviera hasta el final, que la carne nos doliera del placer y que el corazón nos explotara del sentir. Indagar el recóndito misterio de la mágica conexión nos excitaba, nos estimulaba inmensamente, nos invitaba inevitablemente a ir tras lo oculto, a desentrañar lo infinito del secreto compartido, lo caliente del sediento deseo y lo real o no de la brutal revelación.
La encendida pasión no iba a acabar y el peso de los sentimientos la hacía más relevante, la inflaba; la transformaba en algo nuevo, renovado, más perdurable y menos efímero.
Todo crecía, se acumulaba, mutaba, se desbordaba…. El placer sin fin se nos colaba por los poros, no se detenía…era voraz, arrebatado, impertinente.
Movernos a la par junto al calor del respirar nos extasiaba; el irrefrenable apetito nos inundaba secretamente y los cuerpos se acoplaban al sentir de una forma inusual, inquietante.

Los excesos se sucedieron sin pausa, embelesados por la fatal atracción de las almas, no buscábamos impedir nada, solo deleitarnos en el centro mismo de la indomable lujuria que despertaba el contacto; seguros de que el corazón haría trascender las semejanzas.
El desenfreno de la sensualidad que emanábamos sobrepasaba lo conocido y nos hacía especiales. Nadie. jamás, podría atestiguar acerca de lo intenso de la experiencia, de lo insólito del encanto, de la comodidad en lo íntimo. Pero ya no éramos solo dos cuerpos ávidos de saciarse, éramos más que eso…
No hay modo exacto de describirlo, no hay forma de ponerlo en palabras sin caer en el error; la sensación era única y no volvería a repetirse. Unidos sin querer por la primera palabra, nos reencontrábamos cada vez. Juntos, quietos, en silencio, seduciéndonos descaradamente, entregados enteros.
Lo milagroso de lo irrepetible y la conciencia de estar transitándolo hizo inevitable el aventurarse a ir mas lejos; exacerbando la tentación, llevando las sensaciones al límite de la clandestinidad; creando un rincón exclusivo, rabiosamente obsceno, desenfadado y ardiente. Un lugar solo nuestro y de nadie mas.
Mantener escondido el deseo a los ojos de los otros, sabiendo que la piel nos estallaba de ansías, condimentaba exquisitamente el vínculo. Cerrar los ojos y sabernos cómplices del pensar y del sentir; nos elevaba a un sitio en donde los sentimientos quedaban despojados de imperfecciones y se volvían puros, claros, livianos…
Presentirnos en la ausencia, tocándonos con la mente a la distancia, queriéndonos sin tiempo ni espacio; hablaba de la particular forma que teníamos de entendernos en el mundo y eso nos aproximaba delicadamente, nos ataba de manera vehemente.
Esa complicidad acrecentaba la intención y nos adentraba en un juego emocionante, riesgoso… pero enteramente placentero.
Callados entre la multitud íbamos a quedarnos escondidos, tras la calma; sin que nadie descubriera jamás nuestra intima debilidad. Seríamos desconocidos entre la gente, cercanos pero distantes… solo eso, cómplices ocultos, agobiándonos, provocándonos a lo lejos para dilatar los encuentros y volverlos más suculentos.
Solo dos, nosotros dos, encarnaríamos lo velado, reservándolo encubiertamente, perpetuándolo en silencio para guardarlo para siempre.