28.11.10

PELIGROSA CONFESIÓN

Una vez que uno entra en el apresurado juego de la seducción, la irracionalidad se vuelve un hecho y el "dejarse llevar" desemboca instintivamente en un lugar desbordante de exquisito placer.
La insaciable desesperación que nos provocaba la cercanía, alimentaba magníficamente el fuego en la piel y encendía trémulamente la carne toda. La intensa e inagotable explosión de los sentidos, avivaba el deseo; pero también profundizaba el sentimiento.
La resbalosa humedad de la unión tenía un sabor dulce, crudo. La impetuosa violencia en las palabras hacía vibrar el alma, y en ocasiones, estremecía al corazón.
El íntimo secreto que nos enlazaba ardía en cada mirada; y quemaba nuestra humanidad entera, poniéndonos en un lugar que era y aun es, solo nuestro.
Dos almas en la madrugada, reconociéndose en las palabras, descubriéndose en la intimidad y acariciándose en el silencio.
La extrema sensación en la piel nos hacía poderosos… esa clase de poder en la que no existe la competencia y el compartir se vuelve supremo.
Cada encuentro, furtivo y excitante, nos iba conduciendo sin querer por un camino minado de arriesgados interrogantes que evadíamos a cada paso. Y aun cuando quisiéramos evitar decirlo, el sentir se imponía sin más….
Lo irremediable se acercaba. Una confesión, fugaz y apresurada, se asomaba entre los dos. De forma insolente, en lo oscuro de la noche, lo nunca dicho se hizo presente. Fue honesto, verdadero… y las bocas, al fin lo dijeron: te quiero….sí, te quiero.
De forma simple y natural, estábamos ahí, confesándonos enteros, entregándonos a nuestro destino; dejando que el profundo sentir desate, al fin, el enigma primero, el misterio intrínseco de la causalidad que nos había unido.
La furia en nuestros movimientos se precipitaba locamente, sin intenciones de detenerse, con ganas de volver infinito el tiempo, de perpetuar el momento de la revelación.
El sentimiento había llegado a la carne, el fuego no iba a extinguirse y las llamas avivadas engrandecían la desesperación, las ansías. Los latidos se aceleraban irrefrenablemente y la respiración se precipitaba sin pausa. Los susurros húmedos invadían el espacio y la inmensa excitación se acrecentaba con el peso de la declaración.
Jugar con esa línea finita que separa lo real de lo irreal, nos abría a una nueva dimensión, nos involucraba peligrosamente, y correr ese riesgo era estimulante.
Confesados en la intimidad, estábamos ahí, mirándonos a los ojos y abrazados en el silencio; emocionados hasta las lágrimas, acariciándonos por fuera y tocándonos por dentro.
Una vez mas nos descubrimos, envueltos en la magia, signados por una palabra, sumergidos en el acontecer de los impulsos, dejando que nos desgarren con violencia…que nos sacudan con avidez, que nos empujen tierna y ferozmente por el sentimiento expuesto.
A escondidas nos mostramos el corazón, nos sacamos la piel para vernos mejor y así, con las almas desnudas nos quisimos sin pensar, con euforia, con arrebato. Nos gastamos hasta el fin y volvimos a empezar, indefinidamente, hasta el cansancio total, hasta que el rayo de luz nos abrazo para volvernos a la realidad.
La confesión era un hecho, y estábamos ahí, juntos, queriéndonos sin miedo, infinitamente.

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