15.11.10

PALABRAS ENCENDIDAS


Pensando en cómo escribirlo/describirlo mejor, se me ocurre preguntarme ¿cual es el verdadero peso de las palabras?
De forma permanente las utilizamos para relatar, contar, analizar, expresar, explicar….y sin embargo, ni un solo segundo nos detenemos en ellas.
Los días que se sucedieron con posterioridad al encuentro causal, estuvieron colmados de palabras, de frases enteras llenas de palabras. Palabras chiquitas y palabras más grandes, solo palabras, nada más ni nada menos que palabras.
Letras frenéticas, permanentes provocaciones, destellos luminosos de intenciones ocultas.
Noches enteras, días completos tocándonos con las palabras. Con desesperación, con ansías, de forma desprolija, asimétrica pero siempre intensa.
Ya no importaba explicarse por qué, había que entregarse a la placentera sensación de la intimidad no real, pero verdadera, al mismo tiempo.
Palabras, intimidad, desesperación, ficción, realidad….Y de repente, todo era tremendamente maravilloso, tanto que era irreal….
Todo se convirtió en un fluir constante de momentos cada vez más y mas encendidos, menos racionales y más primitivos, menos tibios y mas calientes.
Y hasta acá todo bien, pero ¿Qué pasa cuando entre las palabras elegidas al azar- o no- aparecen los sentimientos? Duda, confusión, intriga, curiosidad… y junto con todo eso, ganas.
Las ganas no cesaban, la incertidumbre no se iba, la causalidad se acrecentaba, el querer se entremezclaba y las palabras se encendían. Encenderse le daban peso, y ese peso nos hacia más livianos.
Entregarse por completo era la opción por excelencia, pero sin embargo aún quedaban en mi, resabios de la última espina. Y de otras viejas espinas, también.
Había un hecho innegable: la transformación estaba entre nosotros, una cierta transformación poco conocida. Cada eslabón en la cadena que enlazaba una palabra con otra, una frase con la siguiente, una conversación entera con la que vendría al otro día ya estaba hacía mucho tiempo en algún lugar que aún no descubrimos pero que sabemos que arde… tanto o mas que nosotros mismos.
Una palabra nos unió, esa única e irremplazable. Esa que nunca va a cambiar, que siempre estará ahí.
Muchas palabras nos atravesaron la piel, nos incendiaron el cerebro y nos iluminaron el corazón.
Y al contrario de la lógica consecuencia de esta conexión, no había unión. En cambio, algo se estaba gestando, aun lo hace…. 

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